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Construir la casa de todos
Paris esta agradablemente fresco, luminoso, soleado. El verano avanza lentamente, como los turistas que circulan por la ciudad, sin tiempo y sin programa, encontrando un museo, los saldos del verano o una terraza de café desde la que ven pasar la vida. La ciudad parece mas vacía de sus habitantes que otros años, quizás previendo los grandes calores que no llegaron y Paris Plage, que se inauguró esta semana, concentra ciclistas, patinadores, jugadores de bochas, fanáticos del sol y al atardecer músicos de jazz, acordeonistas, cantantes de opera bajo los puentes, magos, malabaristas y prestidigitadores. Y en los largos atardeceres, que se prolongan hasta las 10 y media de la noche, las riberas del Sena se iluminan con tonalidades naranja, violetas, azules y amarillas que transforman los paisajes urbanos tan conocidos por todos, en imágenes de ensueño. Pero además los habitantes de Paris, esencialmente los jóvenes, se instalan por miles en las orillas del río y organizan a la luz de las velas picnics y guitarreadas, espacios íntimos o animadas reuniones. Todo es luz, todo es vida, todo adquiere una inmensa dimensión estética que a cada paso de este recorrido pretendo imaginarla en nuestras playas, con nuestros jóvenes, en nuestras ciudades, en nuestros pueblos. Esos jóvenes de nuestra tierra tan olvidados por los adultos, tan segregados del mercado laboral, de la sociedad, que no pueden mas que pensar en irse, frente a una sociedad que les cierra las puertas, cuando lo esencial de la vida es poder construir el futuro en el marco de una identidad que no puede jamás inventarse en otras latitudes. Aunque a veces se recree con parches.
Mientras observo como con tan simples elementos puede impulsarse la dinámica de la vida, pueden colmarse las expectativas de las sociedades, pueden abrirse los caminos del futuro, me pregunto, será tan imposible en nuestras latitudes iniciar el camino de la transformación social?. Cuales serán los primeros pasos a dar para reducir la desigualdad, para transformar la tristeza en alegría? Mas allá de los cambios necesarios en la realidad, que habrá que conocerla, cuantificarla, transformarla en indicadores que generen políticas públicas, con los que se construirán escenarios de gobierno, cuales serán las medidas que permitirán que el país vuelva a creer en si mismo, en su juventud, en su futuro? Porque en esa estrecha mirada sobre la que se ejerció la actividad gubernamental, siempre en déficit, siempre reparando el pasado, pagando deudas, administrando las crisis, se dejó de lado la necesaria construcción del futuro. Ese desafío que representa abrir senderos de esperanza, caminos con una luz en el horizonte, estímulos para que la imaginación construya los escenarios que necesita la gente, los del futuro. Porque, y me disculparan los economistas, no es desde la fría dimensión de las cifras, menos aun desde las lecturas neoliberales que reducen las posibilidades de todos, que se pone en marcha una nación. Un pueblo camina siempre desde su identidad hacia la utopía. Y para ello necesita esperanzas, necesita estímulos para el desarrollo de su imaginación, realidades materiales, es cierto, formas organizativas, pero sobretodo saber y creer que es posible. Y esas posibilidades nacen y crecen desde los valores, desde la identidad. Hay momentos de la historia en que parecen precipitarse los cambios, los llamados de atención, las crisis políticas, sociales y medioambientales. Este es uno de ellos. Asi como los tiempos de la modernidad nos habían instalado en la plácida noción de progreso, sustentada por una lectura reductora de la realidad que fue impulsada por la racionalidad critica de una ciencia omnipresente y todo poderosa y en el plano político por una peligrosa bipolaridad mundial apoyada en el equilibrio del terror nuclear, hoy, al haberse precipitado ese mundo, al haber caído el muro real y virtual que sustentaba la lectura ideológica de ese falso equilibrio, nos sentimos confundidos, perplejos, sin horizontes claros frente a una realidad que emerge compleja, caótica, inmanejable y nos sumerge en tiempos de crisis. Pero sobretodo el mundo parece volverse mas complejo, porque durante mucho tiempo estuvimos ausentes de la lectura de la realidad, de las decisiones y de las responsabilidades. Otros pensaban, organizaban y decidían por nosotros. Entonces no fuimos mas que usuarios, beneficiarios irresponsables, en el plano individual y colectivo, de un mundo que parecía inagotable, desde la óptica reductora del consumo. Así se construyó nuestro imaginario, pero también así nos educamos, enseñamos y actuamos sin respetar los frágiles y dinámicos equilibrios medioambientales y sociales. Especialmente desde que una parte del planeta y en particular los gobiernos de la mayoría de los países de América Latina decidieron mirar el mundo desde la estrechísima ventana de la economía neoliberal, sin medir las consecuencias y los costos, sociales, políticos, ecológicos, de dejar librado a las exclusivas leyes del mercado, la responsabilidad planetaria. Y en esos tiempos de progresiva ausencia de la participación social y de las responsabilidades se nos diluyó la identidad en el marco de la mundialización, de las migraciones internacionales, de la nueva organización internacional del trabajo. Pero también nos fuimos quedando sin valores. Perdimos los valores con los inmensos cambios de la sociedad, de la organización de la familia y su impacto en la transmisión de esas reglas de convivencia, que transitaban de generación en generación. También se fragilizaron las convicciones sobre la que se sustentaba el mundo. Vivimos momentos de crisis, es decir, como contrapartida, tiempos de oportunidades. Por eso este el momento de asumir el desafío de comprender y transformar nuestra propia realidad. No por razones políticas electorales, casi intrascendentes frente a la inmensa responsabilidad individual y colectiva, social y medioambiental que nos atañe en este momento de la historia. Es necesario reconocer lo propio, nuestro patrimonio, nuestra identidad, valorizarla, transformar el entorno, desarrollar la imaginación, los mecanismos y métodos para conocer. En definitiva, ponernos en marcha para no ser los mismos, para recuperar y crear valores, para abrir horizontes para todos los ciudadanos, desde las propuestas de cada uno. Así surgirán las nuevas ideas, nuevas propuestas, nuevas oportunidades. Se consolidarán las redes de la transformación, dándole el valor necesario para el cambio a la función responsable de cada uno, mas que a las cada vez mas frágiles estructuras ya caducas, de la obediencia y del poder. Desde esa sociedad en marcha debemos construir el país en el que queremos y podemos vivir. Desde la cultura como herramienta de transformación, desde la consolidación de las redes micro locales que potencien los esfuerzos individuales, desde el conocimiento y la experiencia de cada persona, desde la solidaridad, sin la cual todo emprendimiento se fragiliza y pierde continuidad, desde la educación, no como herramienta de domesticación, sino como luces que alumbren el camino. Pero sobretodo descubriendo cada día lo infinitamente pequeño, lo que parecía invisible e intrascendente y sin embargo esencial en ese movimiento de transformación de la sociedad, como los valores de la ética, la dimensión estética, el valor inmenso del otro, por su existencia, por su diferencia, por el ejercicio cotidiano de la justicia, de la solidaridad. Quizás sea es el momento de ponernos en marcha, para que nadie mas deba irse de este país, para que podamos sentir el orgullo de haber recuperado el horizonte. No tenemos mas que caminar con firmeza y convicción hacia el futuro, mirando la realidad de frente, la realidad plural, no solo la de las deudas, las crisis, las dificultades, sino la valiosa realidad que nos rodea y la que queremos construir. Eso si, todos de la mano, con la solidaridad del que se siente frágil y seguro y la responsabilidad de quien asume su compromiso con la historia. Decía García Lorca hablando del poeta Góngora, “Para él una manzana estan intensa como el mar, una abeja tan sorprendente como el bosque”
Así con esa pureza estética y la convicción de quien cree que el futuro es posible asumamos la responsabilidad de inventar el país en el que queremos vivir, en el que todos tendrán su lugar, porque todos serán imprescindibles, porque tendrán una función, la de construir la casa de todos.
Desde Paris,
Francia
- Fernando Lema.
http://www.fernandolema.com.ar | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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