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1410 AM Libre  - 27/10/04

Retorno de la esperanza


El voto de los emigrantes

 

Vivimos en estos días un acontecimiento al que no estamos acostumbrados desde hace muchos años. Un país en el que solo se habla de visas, pasaportes, de aeropuertos, de viajes de ida, de partidas lejanas, de pronto adquiere una tonalidad multicultural
inesperada.

Llegan por decenas de Australia, de Suecia, de Holanda, de Francia, de Italia, de Alemania, del Reino Unido, por cientos de España, de EEUU, de Brasil, de Chile, y especialmente de Argentina, se espera que ingresen al país mas de cuarenta mil compatriotas. Después, las estadísticas los contabilizarán como turistas aunque estos viajeros representan mucho más que un valor económico. En una semana el país vuelve a crecer en mas del 2% de su población en un hecho absolutamente inédito para el
mundo. Es una fuerte señal que anuncia la recuperación de la esperanza.

Porque son ciudadanos uruguayos que llegan por decenas de miles de diversas partes del planeta no para hacer turismo sino para ejercer un deber cívico que la legislación vigente les niega. Entonces financian, a veces de manera cuantiosa su derecho a la ciudadanía, su convicción democrática. A veces pagan mas de mil dólares por sus pasajes para poder ser como los demás uruguayos, a pesar de que se fueron porque el país les negaba el derecho a vivir dignamente en su tierra.

Desde hace muchos años que se evoca en los debates públicos el tema del voto en el exterior del país. Pero en lugar de haber sido planteado como un derecho ciudadano e instrumentado las medidas para que ese medio millón de uruguayos de primera generación que reside fuera de fronteras pueda votar, el debate cayó en la reductora, absurda y apasionada visión de pretender definir por quien votan los que emigraron.
Cuando lo que interesa no es saber por quien votan sino darles la posibilidad de ser ciudadanos como los demás, como lo establece la ley. Para no olvidarlos, para mantener el vínculo, porque los que se fueron son una riqueza, un capital social que el país se permitió perder.

No hay dudas de que los políticos que impulsaron las migraciones masivas por medio de políticas económicas que no dejaban mas salida para la supervivencia que partir, vaciando este país de sus recursos mas calificados y necesarios, tienen cola de paja. Por eso es que el parlamento y el gobierno esquivaron el tema, durante años. Mientras tanto todos los países del mundo lo resolvieron como un reconocimiento del derecho
ciudadano mas allá de las fronteras. Los argentinos, chilenos, brasileños, norteamericanos, los franceses, en todo el mundo los emigrantes votan en los consulados o por correspondencia. Sin embargo los uruguayos que fueron obligados a emigrar no tienen ese derecho y hasta algunos compatriotas se interrogan si es legitimo que lo hagan. Extraña paradoja de un país cuyo origen es esencialmente migratorio, que expulsa a su gente por razones económicas, muchas veces hacia los países de donde partieron sus abuelos y no resuelve ese simple problema de integración ciudadana. Y sigue llamando a los que tuvieron que irse "los de afuera", en lugar de considerarlos como parte de una inmensa diáspora, enriquecida en su diversidad cultural,  parte de una única nación. Si bien el derecho al voto se encuentra coyunturalmente en el foco de la atención pública y mediática por los tiempos electorales que vivimos, el
problema de fondo es modificar las causas cotidianas que expulsan del país cada año a decenas de miles de personas. Las migraciones son una válvula de escape frente a la
presión social que generan las dificultades crecientes, pero también y cada vez más representan el riesgo de perder las posibilidades de desarrollo de sectores claves para el país, justamente, por falta de gente.  La razón esencial por la cual se fue el 15% de la
población es porque la actual organización económica y social del país no la necesita. Con 8 millones de bovinos, 20 millones de ovinos y una adecuada gestión de la gran estancia, el país vivió durante muchos años. Pero el mundo cambió y ni siquiera ese modelo de país ya es viable.

El eje del problema migratorio está entonces en la organización del trabajo y en el papel que eligen o le asignan a las naciones en la división internacional de las tareas productivas. Porque no siempre se puede elegir, por estar aislados, por ser muy pequeños o científica y tecnológicamente frágiles.

Para producir carne, lana, plantar árboles o soja no se necesita mucha gente. En cambio para un país que apunte a mejorar esos mismos productos por medio de la innovación y el desarrollo aprovechando las inmensas posibilidades que ofrece la sociedad del conocimiento, cada ciudadano es imprescindible. Una política de integración social apuntando al futuro construye exactamente la imagen inversa del país expulsor, adonde los emigrantes representan la válvula de escape que atenúa las tensiones sociales. Un país integrado orientado a la innovación y al cambio de sus sistemas productivos necesita entonces generar una inmensa red de individuos capacitados, creativos, innovadores, que no dejen nunca de aprender. Un país innovador necesita de todos los sectores sociales, de todas las especializaciones, del conocimiento de todos, artesanos, obreros, empleados, productores rurales, maestros, profesionales, funcionarios, técnicos, científicos y siempre es deficitario en personal frente a las necesidades
crecientes de los sectores productivos.
El mundo cambió. Los productos agrícolas con precios cada vez menores, el incremento de la productividad, las acciones políticas y hasta las intervenciones militares permitieron a los países desarrollados romper su dependencia en materias primas, regulando su producción, su comercialización y sus precios. Pero además la incorporación de valor agregado a las materias primas o el amplio desarrollo del sector
servicios cambió las reglas de juego de la era industrial. Y lo esencial en esta nueva era del conocimiento, de la que nadie puede permanecer afuera si pretende existir, es el factor humano. Por eso los países desarrollados eligen, se llevan y adaptan a su sistema productivo nuestros emigrantes, porque los necesitan. Estos emigrantes del sur, con los que se financia una parte del desarrollo de los países del norte representan una inmensa contribución para esos países y una pérdida inmensa para los nuestros. Algunos argumentarán que este fenómeno migratorio tiene una contrapartida, las remesas monetarias que envían a sus países de origen. Y es cierto que estos envíos se han transformado en una contribución personal y familiar muy importante para los países de
América Latina y del Caribe. En 2004 el continente recibirá mas de 45 000 millones de dólares de remesas, más de cuatro años del producto interior bruto del Uruguay. América Latina recibe mas dinero por remesas que por la inversión extranjera. En 2003 se recibieron 38 000 millones de dólares de remesas contra 29 000 millones de inversiones. El único sector de la economía de América Latina que aporta mas que las
remesas es el petróleo. En seis países, los envíos representan más del 10 por
ciento del producto interno bruto. Esos países son Haití, Nicaragua, El Salvador, Jamaica, República Dominicana y Guyana. Por lo menos uno de cada cinco adultos recibe remesas de dinero del exterior en El Salvador, Guatemala, Jamaica, República Dominicana, Bolivia y México. Sin embargo una buena parte de esos envíos solo
benefician a las empresas que realizan las transacciones monetarias. Los envíos que costaban el 15% ahora se han reducido al 8%, pero aún esos montos que suman varios miles de millones de dólares que se pierden para el desarrollo de la región.

En casi toda América Latina y ahora en nuestro país pareciera que llegó el momento de rehacer la agenda del desarrollo. Entre los nuevos temas quizás haya llegado el momento de reconocer que la nación se extiende mucho mas allá de sus fronteras geográficas y que un gesto que no puede mas que beneficiar a todos, sería eliminar estas fronteras que se encuentran mucho mas en la mente que en los mapas e incorporar esta inmensa diáspora de casi medio millón de personas a un país que necesitará de cada ciudadano para crecer, para resolver sus problemas, para innovar, para desarrollarse. Esto significa dejar de considerar las migraciones como un
problema individual para definir políticas de Estado que consideren los diferentes aspectos de este tema en sus ventajas y dificultades.

Este cambio de actitud representa un paso necesario para integrar a toda nuestra ciudadanía, pero además para construir un MERCOSUR sin fronteras, una América
unida, con horizontes geográficos y temporales más amplios, que permitan retomar de manera integrada los sueños de independencia de nuestros libertadores. Pero también esto perfila una nueva identidad nacional y regional. De una nación más amplia, abierta y generosa con los suyos y con los extranjeros, como lo fue durante mucho tiempo. Una nación integrada adonde se diluyan las falsas fronteras de la mente que impiden ver mas lejos, e incorporar, "in corpore", en el cuerpo de la nación, a todos, a los de "adentro y a los de afuera", en un vasto proyecto de desarrollo nacional y continental.

 

 Desde Montevideo, Uruguay - Fernando Lema. http://www.fernandolema.com.ar
 


 

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