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1410 AM Libre  - 20/10/04

 

Ética y política en tiempos electorales.

 Una compleja convergencia

Mas allá del contenido anecdótico que revela la campaña electoral, la ausencia o presencia de debates, de propuestas y el valor real de las mismas cuando se analizan en el marco de los datos disponibles, hay un tema de fondo que recorre los discursos, las acciones políticas, que emerge con fuerza en las últimas semanas y merece que la traigamos al primer plano del análisis de hoy, es la confluencia entre la ética y la política en tiempos electorales.

Existe una vieja polémica acerca de si la política debe o no someterse a patrones éticos o, en otros términos, si la moral es o no aplicable en el ámbito de la actividad política.

Maquiavelo argumenta que la política es una actividad ajena a la moral, en la que los valores éticos no se aplican, donde lo único que importa es el éxito, llegar rápidamente a los objetivos propuestos. Los textos de Maquiavelo explican que lo único que vale es el poder y que todos los caminos para acceder a él son lícitos. En esos tiempos las sociedades evolucionaban en una sólida y estricta base moral definida por la iglesia que condicionaba la política a los valores clásicos, los que representaban una rígida estructura de contención pero a su vez de opresión para la expresión política. Maquiavelo, reacciona frente al poder moral omnipresente en las sociedades clásicas y su pensamiento, visto desde el contexto de la época, puede ser considerado liberador de la expresión política.

Esta lógica de corto plazo, de lucha por el poder, en donde se  confunde el adversario con el enemigo y adonde todo vale, parece estar muy presente en los últimos días de la campaña electoral. Una vez más se apela a la pasión, al discurso violento, en lugar de orientarse sobre la verdadera senda de la construcción democrática, la del análisis, de la razón crítica, para elegir el mejor futuro para la sociedad.

La lógica de Maquiavelo aplicada en las sociedades neoliberales, adonde las lecturas de la realidad se centran de manera exclusiva en el éxito de las políticas económicas y en las que toda acción parece legítima para alcanzar sus objetivos, resulta extremadamente riesgosa para la democracia y para los ciudadanos. Pero además revela la irresponsabilidad política deliberada de sus autores al pretender incentivar la violencia en un terreno fértil, en una sociedad adonde el 40% de su gente vive en condiciones de pobreza, que se encuentra sometida a la violencia económica y a toda la secuela de violencias subsidiarias que ella genera.

Porque el neoliberalismo crea sociedades adonde amplios sectores de la población quedan marginados en nombre de la productividad y el resultado económico, adonde se diluye la solidaridad y se desmantelan las redes protectoras de la seguridad social, de la salud y de la educación, salvo en aquellas actividades que producen beneficio económico. Sociedades que olvidan los equilibrios medioambientales, los derechos de los más humildes, de las minorías, empujando a los jóvenes hacia la decepción, a la incredulidad en el futuro y a imaginar que en otras geografías lejanas podrán vivir dignamente. Lamentablemente esto a menudo no resulta cierto porque lo esencial de la vida es un complejo conjunto de factores, entre los que se incluye el bienestar económico. Sin embargo se necesita mucho mas que el dinero para conseguir ese delicado equilibrio, tan frágil y mutante al que le llamamos felicidad.

Pero además en tiempos de neoliberalismo se sumergen los valores y los derechos de todos los ciudadanos.

Por tal razón el uso de estos lamentables argumentos maquiavélicos utilizados por algunos políticos durante la campaña electoral, además de estar fuera de contexto, se encuentran seriamente reñidos con la ética y empañan esta etapa tan ejemplar e importante para la democracia representativa. Eso si, presentan de manera descarnada, desnudan a sus propios autores, haciéndolos perder el crédito y la confianza frente a los electores, a los que supuestamente pretenden convencer.

Porque los electores no pueden confiar en un candidato, elegirlo su representante, cuando este se aleja de los valores ciudadanos, de la ética, cuando demoniza a su adversario, descontextualizando el discurso. ¿Se puede creer, confiar, en un ciudadano político que se aleja de los valores éticos y demuestra con su acción que todo vale, que cualquier argumento es lícito para ganar?.

Estos momentos de la campaña lamentablemente nos recuerdan con mucha intensidad aquellas terribles imágenes de la segunda guerra mundial adonde el ejército alemán de ocupación acusaba a los judíos de todos los males, los demonizaba, los ponía en el centro de todos los ataques y llenaba de vergonzosos afiches plagados de mentiras las paredes de las ciudades. Para después, denunciados por sus compatriotas despojados de valores y pervertidos por la mentira, perder su vida en Auschwitz, Treblinka o Buchenwald junto con los luchadores sociales, los gitanos o los comunistas. También recuerda el maniqueísmo simple y grotesco del presidente Bush,  argumentando sobre el eje del mal, como en los tiempos de las cruzadas, para justificar la invasión de una nación soberana, en violación de los principios del derecho internacional con argumentos, que hoy sabemos, eran absolutamente falsos.

El fin de la política no es la conquista del poder sino la búsqueda del bien común. El poder no representa mas que un medio que debe estar regulado por el derecho y el respeto a la dignidad humana, que esta triste faceta de la campaña política no parece promover.

¿En un momento tan importante para la historia nacional adonde las encuestas marcan con claridad la opción de la ciudadanía, no sería mucho más digno buscar la unidad nacional, la paz social, la convergencia de intereses entre los partidos políticos? O estas actitudes políticas tan poco éticas que vivimos estarán mostrando algo mucho más importante y más grave, quizás revelando que todos los políticos no trabajan por el bien común.

Para algunos políticos, que están lejos de las peripecias cotidianas de la gente, del drama silencioso de los niños con hambre, de los jóvenes que son expulsados por miles de su propio país para poder sobrevivir, de la vergüenza de quien trabajó toda su vida y no logra llegar a fin de mes, esto no parece ser mas que un irrespetuoso juego de poder. Por eso es necesario denunciar esta trampa, que al transformar la democracia en un juego de circo, olvida el dolor de la gente, el sufrimiento de los que aun no lograron reparar las heridas de su memoria, el verdadero país que merece ser considerado adulto, sin mentiras, sin jugarretas electorales. La gente necesita conocer la realidad para restablecer la confianza en la política, su dignidad de ciudadano, cada vez mas golpeada por esos gestos violentos y poco dignos de representantes responsables de la voluntad popular.

La necesaria consolidación de la democracia, que deberá ser cada vez mas participativa para revalorizar la representatividad, modernizar la vida política, impulsar la innovación, para acceder a los beneficios y no a las desventajas del nuevo mundo que se organiza, implica también modernizar la vida política y dejar estas manipulaciones pasionales, propias de otros siglos, como un triste recuerdo de la barbarie de esos tiempos. Es necesario apostar al futuro y elegir el mundo en el que queremos vivir, el que solamente podremos lograr en un clima de paz, de concordia nacional, de apuesta a la educación para todos, al desarrollo de una sólida identidad nacional, mediante la observación y el análisis de la realidad que permita generar los nuevos equilibrios sociales, los de la vida.

Caminando, observando, recorriendo incansablemente Montevideo, para descubrir otras claves de la vida, estuvo con Uds. FL

 

 Desde Montevideo, Uruguay - Fernando Lema. http://www.fernandolema.com.ar
 


 

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