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1410 AM Libre - 18/08/04

Los juegos olímpicos de Atenas

La vida no es una olimpiada

Competencia o solidaridad?

 

El viernes pasado, casi la mitad del mundo, se dio cita frente a la pantalla del televisor para celebrar la inauguración de los 28° Juegos Olímpicos de la era moderna. La fiesta fue una equilibrada y estética mezcla de mitos y utopías adonde se entrecruzaban dioses y astronautas, el fuego y el mar, el aire y la tierra, en un fascinante despliegue técnico, adonde también estuvo presente, como en otras oportunidades y sin ser invitada, la política. Desde nuestra mirada rioplatense no podíamos olvidar a Discépolo  y su “Cambalache”, actual, vigente, aunque no siempre se comparta su lectura circular de la realidad.

Las delegaciones desfilaron frente a los 70 000 espectadores allí presentes sin exageradas muestras de patriotismo, como fuera previamente acordado. Y la delegación de los EEUU, a pesar de desplegar una sola bandera, como lo sugirió su propio comité olímpico para evitar gestos anti americanos, no pudo impedir que varios cientos de espectadores de pie inclinaran sus pulgares hacia abajo. En cambio la delegación de Irak fue la mas aplaudida por el público junto con las de Palestina, Afganistán y las dos Coreas que desfilaron en una única delegación. Extraño…. tanto eje del mal reunido y aplaudido por las multitudes.

Desde su comienzo la 28ª Olimpiada de la era Moderna reflejaba las tensiones del mundo, como se vivieron todo a lo largo de la guerra fría entre las delegaciones soviéticas y norteamericanas. Como si el deporte no fuera mas que la continuación de la guerra, como si competir fuera necesario para demostrar la supremacía que muchas veces no se logra conseguir en el terreno social, político o militar. Y no era para menos. En estos 108 años que transcurrieron desde que el lunes 6 de abril de 1896 la familia Real de Grecia inauguró, también en Atenas, los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, bajo el impulso del noble francés Pierre de Coubertin, la guerra interrumpió dos veces los juegos y las naciones del mundo no cesaron durante el siglo XX de destruir a sus sociedades impulsándolas al fanatismo, tan parecido al de los estadios, para después enviarlas al combate, en el siglo mas mortífero de la historia humana. Y desde 1914 no hubo un solo día de paz en el mundo.

Los  primeros juegos olímpicos, que habían nacido en la antigua Grecia en el Olimpo y se repetían cada cuatro años, lograron perpetuarse durante mas de mil años.  Mitos e historia impregnan con un fuerte simbolismo los juegos desde el comienzo hasta su fin en el año 393 de nuestra era, en que el emperador romano Teodosio de Bizancio los suspende mediante un decreto y ordena mas tarde la destrucción completa del santuario del Olimpo. La llegada del Cristianismo no mejora las cosas y transforma los restos del Templo Olímpico en fortaleza militar.

Se inicia entonces un oscuro período de la historia de occidente, de guerras y violencias en nombre del dogmatismo, de la verdad absoluta, de un feroz combate contra la diversidad del pensamiento, que ya lleva 1600 años y del que aun no logramos ver el final.

Cuenta la mitología que los juegos nacen en el Olimpo cuando Zeus derrota a Cronos, en una lucha contra el tiempo, contra la muerte, contra el fin ineluctable de las estructuras y de las funciones.

Esta lucha de Zeus y Cronos finalmente representa un falso combate, porque no son rivales. Zeus y su mundo son inmortales y eternos. De la misma manera que todos somos inmortales e infinitos desde nuestra estructura básica, desde los componentes de la materia.  Sin embargo nuestra organización vital, nuestro sistema se encuentran absolutamente acotados por el tiempo. Nuestra interacción con la realidad se extingue con la desorganización, con la muerte, es el fin de un ciclo. No así nuestra materia que no hace mas que cambiar de estructura al fin de cada ciclo funcional.

Esa primera lucha que da origen a los juegos olímpicos estructura todo el pensamiento occidental que no encuentra reposo en su lucha imposible contra el tiempo. Cuando la respuesta probablemente no se encuentra en ese combate sino en la aceptación del límite, del fin del ciclo de la vida humana, para integrarnos plenamente como materia o energía, que es lo mismo, a ese infinito sistema energético que se organiza en plantas, animales, en mundos diversos.

Así lo entendieron la mayor parte de los pueblos orientales, también sus descendientes amerindios, mientras que el pensamiento occidental aun sigue debatiéndose contra Cronos sin ninguna posibilidad de triunfo, pero sobretodo causando la destrucción de su entorno, de su mundo, de su medio ambiente, en una guerra sin fin.

Resulta sorprendente que no hayamos podido entender este principio tan sencillo de funcionamiento del mundo cuando la mitología griega, nuestra cuna cultural y del pensamiento, ya en esa lucha primigenia nos mostró las claves del combate imposible.

En lugar de evolucionar hacia la comprensión, hacia el entendimiento y la aceptación del combate imposible, nuestro mundo se organizó en torno a la competencia, a la rivalidad y la destrucción del otro. Y perdimos las nociones básicas de solidaridad, de diversidad, de creatividad. Pero sobretodo quedamos para siempre encerrados y solos en la trampa del tiempo. Y buscamos la eterna juventud en lugar de la sabiduría, nos aferramos a la imagen virtual del individuo todopoderoso en lugar de consolidar las redes de la diversidad social y su creatividad, destruimos el medio ambiente sin conciencia de que es nuestra casa y nuestra vida, rechazamos al otro sin percibir que es nuestra propia imagen, olvidamos que el mundo sustentable es el único que puede albergarnos a todos y que para existir precisamos de todos.

Siempre en nuestra trayectoria hay puntos focales, pistas existenciales, momentos de convergencia en la búsqueda de nuevos caminos. Sorprendentemente este evento olímpico podría ser uno de ellos si fuéramos capaces de salir un instante de la reducida lectura de la competencia, de la rivalidad y mirar las perspectivas de la vida sin sumergirnos en esa estéril lucha primigenia entre Zeus y Cronos.

Estos caminos nuevos deberían permitirnos observar nuestras formas de integración social y nuestra interacción con la naturaleza desde otros ángulos.

En primer lugar aceptando la lectura plural, la diversidad, la existencia del otro como un elemento central de la supervivencia, pero además como una clave que potencie nuestra capacidad creadora. Podemos crear, innovar, transformar porque pensamos en red, porque pertenecemos a una red del pensamiento. Pero además podemos actuar y transformar la realidad porque existimos en una red social. Sin embargo esas redes sociales y del pensamiento no pueden expresarse con toda su capacidad creadora cuando las diferencias sociales y culturales son inmensas, cuando las dificultades de la supervivencia impiden el pleno ejercicio de la vida.  Para poder ser con toda nuestra potencialidad debemos ser mas justos, solidarios e integrar a todos los individuos de la sociedad en las redes de la vida. Para generar en conjunto nuevos equilibrios, no solamente con nuestra sociedad, sino con todos los componentes de la naturaleza.  Debemos terminar con la reductora visión individualista y competidora de nuestra cultura, aun mas reducida cuando la mirada se limita exclusivamente a los aspectos económicos del funcionamiento de la sociedad.

En este fantástico proceso de interculturalidad, al que asistimos con los juegos Olímpicos pero en general con el proceso de mundialización, estamos nutriéndonos de otras culturas. Ahora, que se reducen las distancias y los tiempos para acceder al pensamiento diverso, es esencial transformar la reductora visión del pensamiento occidental en caminos plurales. Y aprender que no estamos solos, que pertenecemos a un mundo complejo, en permanente cambio. Esto nos cambiará la mirada, el método para percibir y transformar éticamente la realidad. Pero debemos además lograr que la solidaridad social y la responsabilidad medio ambiental sean ejes constantes de la acción.

Este acelerado proceso de interculturalidad  seguramente cierra un ciclo de pensamiento y abre otro. Quizás estemos cambiando de era y aparezca muy pronto una nueva mirada del mundo, otra mirada interna, un camino hacia el otro.

Es fascinante observar todo lo que aun nos queda por hacer, por descubrir, por entender, por transformar, y seguramente no es este el momento de detenerse sino de actuar, sobretodo cuando sabemos que la eternidad nunca es mas larga que la vida.

 

 Desde Paris, Francia - Fernando Lema. http://www.fernandolema.com.ar
 


 

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