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Memoria, democracia y participación social
Como sucede cada día, cada semana, en cada instante, se nos entrecruzan como líneas de fuerza de la historia los procesos sociales o políticos, eventos de primera magnitud que se inscriben profundamente en la memoria de los pueblos. Algunas veces esos hechos son manipulados, transformados, tergiversados, minimizados, con la finalidad de hacerles perder dimensión frente a la opinión publica y empujarlos hacia el olvido. Como sucede con Irak, adonde en un año murieron 100 000 civiles desde la invasión norteamericana y el horror se banaliza poco a poco, día a día. Como sucedió con la tortura practicada y enseñada por los EEUU en Vietnam, en toda América latina y ahora en Irak, en Afganistán, en Guantánamo. Se pretende negar la barbarie, como en su época lo hiciera el nazismo frente a los campos de concentración o la exterminación masiva. Se pretende muchas veces desde el poder político, en un gesto de irrespetuosidad ciudadana, antidemocrático e irresponsable ocultar o negar la realidad de los hechos. Pero quizás porque no se puede vivir sin memoria histórica, porque esta es parte de la identidad de los pueblos, pero además porque es necesario tomar plena conciencia de la barbarie como lección de ética, de moral y de valores a salvaguardar para asegurar la supervivencia de la especie es que las sociedades buscan restablecer los circuitos de la memoria, la verdad histórica y se empeñan en recorrer los tortuosos y complejos circuitos que permiten algún día restablecer la verdadera dimensión de los hechos. Chile en un largo proceso en el que midió cuidadosamente cada dato de la realidad política y social pudo salir de la amnesia, de la tergiversación histórica y empezó a transitar por la verdad que toda América esperaba y necesitaba para poder avanzar en la reconstrucción de la identidad de su propias sociedades a partir del restablecimiento de los valores y derechos humanos y avanzar con solidez hacia el futuro de la integración sudamericana sobre principios éticos comunes.
El Presidente Ricardo Lagos, refiriéndose al reciente
informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura dijo:
"hubo un momento en que no pude seguir. Era tan fuerte que tuve que
salir a respirar (...) Más que indignación, me asaltaba la pregunta de
cómo podía ocurrir aquello en nuestra sociedad". Cuales son los mecanismos que pueden asegurar la transición hacia una nueva mirada de la realidad? Alcanza con votar un cambio o es necesario asegurar otras formas de participación que aseguren el verdadero ejercicio de la democracia? Y como a nadie escapa estas preguntas nos ubican plenamente en nuestra realidad política y social. Toda estructura siempre es concebida, diagramada, organizada para responder a ciertos objetivos que se ubican en una realidad bien acotada en el tiempo y en el espacio. Esos objetivos se cumplen o no se cumplen pero la existencia de la estructura y sus funciones siempre responde a los grupos o sectores de poder que le dieron origen. Si pretendemos adaptarnos a una nueva lectura de la realidad, porque las estructuras precedentes ya no responden a los intereses de los ciudadanos que se expresaron por un cambio, es necesario asegurar el avance hacia las necesidades que fueran expresadas por los votantes mayoritarios y no caer en el encierro que generan las estructuras que fueron concebidas para otras funciones, otros intereses, otra realidad, otro momento de la historia. Las criticas mas frecuentes que se escuchan en relación a las estructuras estatales es que no cumplen adecuadamente con sus funciones y en eso se basan la mayoría de los planes de reforma del Estado, modificar las estructuras y las funciones para poder alcanzar los objetivos de gobierno. Sin embargo esas reformas no parecen ser lo suficientemente profundas como para producir los cambios esperados, o porque las funciones tienden a justificar la existencia de las estructuras impidiendo su transformación. Por esta razón es conveniente aumentar la presencia de la realidad a transformar en las estructuras gubernamentales por medio del estimulo de la democracia participativa y la evaluación social de las funciones ejecutadas por la administración gubernamental. Y eso se logra a través de la participación de la sociedad en la identificación de problemas, en la transmisión de los mismos a las instancias respectivas de gestión y ejecución y en la atenta evaluación de los resultados obtenidos por parte de los ciudadanos. Sin la voluntad política de abrir los ojos y los oídos del Estado a la presencia ciudadana, a la participación de la sociedad civil organizada en acciones de gobierno, a la convicción y la competencia técnica de los nuevos funcionarios de gobierno para encontrar los mecanismos de transformación de las estructuras estatales, se empobrece la democracia. Ese empobrecimiento es el que origina los atropellos a los derechos humanos, el nacimiento de los caudillos, las formas autoritarias del poder. El control ciudadano es la única garantía de una verdadera vida democrática y la apertura de caminos hacia una sociedad moderna incorporada a la realidad nacional, regional y mundial con las mejores posibilidades de éxito. Un estado moderno implica una lectura compleja, multidisciplinaria de la realidad, articulada en torno a la necesaria innovación sin la cual no hay mas que quiebres y fracturas. Implica un fuerte componente de enseñanza en todos los niveles, de desarrollo científico y técnico de primer nivel pero también una adecuada articulación con los procesos productivos y sociales.
Ya no puede haber mas compartimentos estancos,
ministerios aislados como feudos, sino una adecuada orquestación de los
recursos administrativos para optimizar los cambios productivos y
sociales. Y todos estos componentes deben estar presentes para asegurar
las sinergias, la adecuada sustentación del sistema. En nuestro sistema
es necesario incentivar la participación social organizada para
consolidar la democracia. Y un paso sustancial que asegura esa
participación social es la consolidación de la identidad nacional,
estrechamente vinculada a la verdad histórica, al manejo responsable de
la realidad, a la recuperación de la memoria. Porque sin memoria, sin
pasado, el presente se llena de dudas y el futuro se vuelve
completamente incierto. La identidad no se construye con eventos
seleccionados de nuestra historia. Los hechos que nos marcaron
profundamente, en el acierto o en el error, en el éxito o en la barbarie
somos nosotros mismos. Reconocerlos es una manera de encontrarnos con
nosotros, con nuestra identidad, pero además una manera de identificar
los valores que son el eje vertebral de nuestra sociedad y nos permiten
avanzar en la transformación de la realidad, corrigiéndolos,
modificándolos, aceptándolos, transmitiéndolos. Pero siempre en el marco
de la verdad histórica, única manera de construir una sociedad adulta y
responsable.
Desde París, Francia
- Fernando Lema.
http://www.fernandolema.com.ar | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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