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1410 AM Libre  - 03/11/04

 

Las elecciones en Uruguay

 El renacimiento de la esperanza



Realmente este país vivió momentos excepcionales. En una semana se produjeron hechos que nunca el país había vivido, pero que además por su amplitud y ejemplaridad rara vez se vivieron en otras partes del mundo.

El miércoles pasado, hace apenas una semana, medio millón de personas se reunieron en Montevideo para anunciar el cambio que habría de producirse el domingo. Y cantaron y bailaron en medio de un mar de banderas tricolores. Habiendo compartido y participado en enormes manifestaciones europeas, contra la guerra en Irak por ejemplo, o cuando Francois Mitterand en 1981 ganaba las elecciones presidenciales en Francia, quedé asombrado al ver que un tercio de Montevideo se encontraba reunido en el centro de la ciudad. Es como si en Buenos Aires se reunieran 4 millones de personas en la Avenida Corrientes o en Paris o Madrid hubiera 2 millones de personas en la Bastille o en la puerta del Sol, llenando las calles en plena expresión de alegría, sin un solo incidente. Pero mas asombroso aún es que el hecho volviera a repetirse el domingo en la noche, desde temprano, antes de conocerse el resultado electoral y toda la ciudad se vistiera de fiesta hasta la mañana del lunes. Sin lugar a dudas que algo había cambiado en este pueblo uruguayo percibido muchas veces como escéptico, taciturno, sin alegría, conservador. Estas expresiones de alegría popular, reflejadas en el voto, como necesidad de cambio, de dar vuelta una página de la historia y de apostar a la construcción de otro futuro, mostraban una inmensa presencia de jóvenes, muchos de los cuales esperaban con ansiedad este momento, como último plazo, para irse del país o quedarse. Los reportajes realizados en estos días también nos permitieron observar la inmensa alegría de esos cuarenta mil uruguayos que eligieron volver a votar con la firme esperanza del retorno. El crucial tema migratorio, desde las dos miradas, estuvo presente en los jóvenes con la mirada puesta en el futuro y en los que retornaron a votar. Pero también lo estuvo desde las primeras palabras del presidente electo, al reconocer la inmensa dimensión de este grave problema demográfico y social de nuestro país. Estas elecciones nacionales marcan también el fin de un estilo de hacer política, el que a su vez refleja una forma de concebir la sociedad, el país y su inserción en el mundo. Sorprende, porque muchas veces las sociedades frente a propuestas de cambio se comportan de manera conservadora, en parte por temor a perder lo que poseen o por aquello de que mas vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Raros son los momentos de la historia en que los pasos hacia la innovación, la modernización o la aceptación de las necesarias transformaciones sociales, políticas o económicas se consiguen o se reflejan en las elecciones.

La sociedad uruguaya que votó por el cambio, por poner fin a una manera de mirar el país, la sociedad e incluso de mirarse a si misma, como revalorización de su identidad, eligió no continuar con el manejo de los asuntos públicos de la misma manera. Pero sobretodo se atrevió a darle una nueva oportunidad a la vida. Por eso quizás había tanta alegría. El país vivía un renacimiento. Ya no había retorno posible. Ahora, después de la fiesta, llegó el momento de poner en práctica esas transformaciones a partir de un preciso diagnóstico de la realidad y la puesta en marcha de diferentes acciones en el marco de lo posible a nivel nacional e internacional. Es una tarea mayor, de inmensa responsabilidad, que seguramente, como toda acción de transformación de la realidad tendrá dificultades y algunos errores que se corregirán con la experiencia. Pero nada será posible si no se generan y amplían los espacios de diálogo entre lo gubernamental y lo social en las diferentes áreas de la actividad pública. Esta alegría social, inmensa energía transformadora, deberá convertirse en participación responsable, en organización de la sociedad, en cada barrio, en cada escuela, en cada fábrica, en cada empresa, para lograr poner en marcha un país que se había quedado sin esperanzas, sin perspectivas de futuro, que había casi olvidado sus utopías, que desde el domingo vuelven a renacer como tareas posibles. La construcción del nuevo futuro es responsabilidad de todos y de cada uno. Con método, con un serio análisis de la realidad, con experiencia, honestidad, participación, para instalar en el centro de la construcción ciudadana los ejes prioritarios de la vida. Ese es el gran desafío de la hora, transformar las reglas de juego, apostar al desarrollo, encontrar el modelo endógeno, sumar esfuerzos entre vecinos. En el barrio, en cada pueblo, pero también en lograr una verdadera integración regional que permita consolidar los caminos de la segunda etapa de la independencia y un lugar en el mundo.

En América Latina soplan nuevos vientos de independencia anunciadores de los cambios que vendrán, que ineludiblemente se orientarán hacia el desarrollo de una nueva sociedad adonde el valor central está en la capacidad de cada individuo y de toda la sociedad para transformar su realidad mediante el conocimiento. Ningún país de la región ni siquiera del mundo desarrollado tiene la potencialidad de asumir solo ese inmenso desafío. Por eso la integración es una prioridad para todas las naciones, también para nosotros en esta etapa. Integrarse primero con los vecinos, luego con toda América y otras naciones que compartan nuestros valores, principios e intereses. Son estos los primeros pasos que harán posible identificar la manera de resolver los problemas comunes, de generar un nuevo modelo de desarrollo que hará posible negociar internacionalmente el problema planteado por las migraciones profesionales, que hará posible discutir con los organismos financieros internacionales el canje de deuda contra desarrollo científico y técnico. Pero que además generará una inmensa esperanza en los pueblos, que no es la simple ilusión que provoca el consumo. Será el mayor desafío para nuestras naciones, el verdadero paso para la construcción de una sociedad sin pobreza, sin infancia en la calle, sin desocupados, el desafío de una sociedad que apostará a la educación, a la inteligencia, al progreso, a la ética, a la solidaridad, a la construcción de nuevos valores. No solo para crecer en su economía sino para conseguir instalar plenamente en el corazón de la gente los nuevos equilibrios de la vida, los de la justicia, los de la naturaleza, sin los cuales ningún futuro será posible.
 

 Desde Montevideo, Uruguay - Fernando Lema. http://www.fernandolema.com.ar
 


 

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