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Monday, 16 July 2018
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DEBATE ENTRE CIENTIFICOS DE VARIOS PAISES SOBRE LOS QUE SE VAN
Ante la imposibilidad de repatriar cerebros emigrados, los científicos discuten cómo aprovechar su conocimiento. Afuera habría unos 20.000. “Se está rifando una generación”, dicen.

Enrique Oteiza, Fernando Lema y Mario Rapoport, tres científicos presentes en el evento.

Por Horacio Cecchi

La reunión de expertos fue convocada por la secretaria de Ciencia y Tecnología Adriana Puiggrós con un motivo central: la fuga de cerebros. Asistieron científicos, investigadores y formadores de primera línea, argentinos –algunos residentes en el exterior–, brasileños, uruguayos y chilenos. Lo que inicialmente llevó el rótulo de seminario se transformó en un debate en el que se partió de una base, comprensible vistas las circunstancias: si repatriar científicos es poco menos que una utopía, al menos ver cómo repatriar su inteligencia. Hubo propuestas de todo tipo: revincular a los argentinos en el exterior, diseño de redes de cooperación y demás. También hubo lecturas de un futuro sombrío. Ayer, al cierre de la primera jornada, los expertos se planteaban una pregunta de hierro: “Todo esto es muy lindo, estamos todos de acuerdo, pero de qué sirve si el Gobierno continúa con su política de inversión cero en investigación y ciencias”.
En cuestión de fuga de cerebros nadie puede dar una cifra exacta. Las estimaciones se realizan en base a datos de radicaciones en Estados Unidos, traspoladas al país pero en sentido inverso, o sea, fugas. “La diáspora es hacia todo el mundo –dijo a Página/12 Enrique Oteiza, investigador del Instituto Gino Germani–. Por lo menos, hay 20 mil en el exterior, diez mil en Estados Unidos y la otra mitad en el resto del mundo.”
El seminario “Hacia la Construcción de Políticas Públicas en el Area de las Migraciones Profesionales”, fue organizado por la Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el Exterior (Raíces), dedicada a revincular a expertos en el exterior, mediante diferentes propuestas y programas de cooperación.
Durante el debate surgieron diferentes propuestas para, si no repatriar científicos, al menos repatriar sus conocimientos. José Wesfreid, argentino, director de investigación de la Escuela Superior de Física y Química de París (CNRS), una suerte de Conicet francés, mencionó la posibilidad de explotar el sistema de becas post doctorales con tesis de cotutela, con un director de tesis argentino y otro francés. El alumno debe defender la tesis en Argentina y en Francia y luego obtiene un título de la UBA y La Sorbonne.
Fernando Lema, uruguayo, investigador del Instituto Pasteur de París, aseguró que “lo primero que hay que entender es que si Estados Unidos contrata cerebros argentinos, no es gratuito. En Argentina, formar un médico cuesta 50 mil dólares. Allá, 250 mil. Pero además, al trabajar allá, el investigador le da un valor agregado que se aplica a productos que se venden. Ese valor agregado no retorna al país. El asunto, para los países de la región, no es traer a la gente sino la inteligencia”. La propuesta de Lema incluye invitaciones a expertos radicados en el exterior para que participen en programas de enseñanza, como evaluadores de programas, personas e instituciones, crear centros de excelencia para “elevar el techo local convocando lo mejor del mundo que estimule la capacitación”.
“Es muy difícil que vuelvan porque no hay puestos de trabajo –sostuvo Mario Rapoport, director del Instituto de Investigaciones Históricas y Sociales de la Facultad de Economía. “El problema presupuestario es el problema básico. Sin presupuesto, los científicos se van a seguir yendo. En esta reunión comprobé que Brasil, con todos los problemas que tiene, está en condiciones infinitamente mejores, porque han desarrollado políticas, invierten en la investigación.”
Oteiza marcó con énfasis un panorama desalentador: “Hay más científicos argentinos en el exterior (20 mil) que en el país, que con una mirada optimista no llegan a 15 mil”. Según el investigador, es resultado del achique de los ‘90, que golpeó al Conicet, la Conea, el Inti, y el Inta. “Hay una jibarización de científicos. A los que tuvieron que migrar o desaparecieron durante la dictadura, ahora se agrega la generación formadadesde el ‘83. Son los que se tienen que ir porque no hay nombramientos, o dedicarse a changas. Se está rifando la segunda generación. El panorama, en la dirección que lleva la política pública, no puede ser peor. En ese marco, montar una red como la que se propone en esta reunión no es que esté mal, es muy bien recibida, pero es lo mismo que construir una cabañita y se te venga encima la inundación del Paraná”.
La duda la arrojaron muchos. Quizá quien más logró graficarla fue Iván Chambouleyron, brasileño, profesor e investigador del Instituto de Física de Universidad de Campinas. Y lo hizo con una anécdota: “Leí el libro Volver a crecer, de Cavallo –relató–. No había una sola línea sobre ciencia e investigación. Le escribí una carta. No me respondió. Lo hizo un asesor: me felicitó por haber leído el libro y ahí quedó todo”.


El riesgo de las becas

“El problema que nos planteamos es que en el sistema de becas en el extranjero, el país financia la formación de jóvenes que después no se recuperan”, sostuvo Andrés Carrasco, presidente del Conicet, que participó en el encuentro de expertos organizado por Raíces. “Desde el ‘97 en adelante, el retorno de becarios de posdoctorado en el exterior fue disminuyendo hasta un porcentaje que alarma: el 50 por ciento no regresa”.
La proporción alarma aún más teniendo en cuenta que hasta 1996, según aseguró Carrasco a Página/12, el retorno bordeaba el 85 por ciento, una tasa considerada alta para un país con serias dificultades de reinserción laboral. “El problema planteado debe trabajarse en un contexto regional, porque Brasil, Uruguay y Chile tienen problemas de la misma naturaleza.
En el Conicet se abrió un debate, aún no saldado, sobre cómo evitar la sangría. Según una cláusula de honor, al final del contrato firmado por el becario, en caso de no retornar deberá pagar el doble de lo que se invirtió en su estudio. “Es una fórmula sin sentido, porque para obligar a alguien a regresar no tiene sentido exigirle el pago si antes no se le da un marco y posibilidades de reinserción.”
Dentro del Conicet, algunas voces sostienen que no sólo se debe exigir el pago sino que además se llegó a plantear la realización de denuncias judiciales contra los no retornados. “Es ridículo, porque no sólo no es lógico, sino que además no existe ningún asidero legal para poder intervenir de esa forma”.
Según Carrasco, la respuesta al problema, al menos en lo que toca al Conicet, fue modificar la convocatoria a las becas. Ya no se las llama más becas posdoctorales externas sino becas a secas. El sistema, puesto en funcionamiento por primera vez este año, consiste en dar la posibilidad de que el becario, si tiene interés en desarrollar su investigación en el exterior, tenga un lapso de 18 meses para hacerlo, aunque seis meses los debe realizar en el país, igual que la presentación y defensa de la tesis. “De todos modos –confesó Carrasco–, si no hay puestos de trabajo, es muy poco lo que el Conicet puede hacer”.


Un fenómeno que se repite

Según el investigador Fernando Lema, Argentina invirtió unos 40 mil millones de dólares en preparar científicos que emigraron. “Habría que incluirlo en el pago de la deuda externa”, sostiene. Pero Argentina no es el único país de cerebros en fuga. Brain Drain, lo llaman los especialistas, y es la preocupación del programa de Raíces, dedicado a revincular con su país a los argentinos en el exterior. Y pueden incluirse países del mundo desarrollado. Australia abrió un programa que destina un fondo especial de 2 mil millones de dólares en becas para evitar la fuga de cerebros. España debate el tema: consideran escaso el tiempo de contrato de algunas especialidades, que no supera los cinco años.
En la Organización de las Naciones Unidas se ha llegado a plantear la medida extrema de cobrar un impuesto a la salida de expertos. En India, las autoridades están llevando la cuenta de las inversiones realizadas para formar unos cien mil programadores informáticos. Son dos mil millones de dólares. El gobierno indio calcula que en los próximos tres años perderán esa inversión: Estados Unidos está tentando con generosas convocatorias a sus programadores.
Otras fórmulas planteadas en diferentes países consisten en otorgarle al alumno un fondo con forma de préstamo condicional para que esté en condiciones de administrar sus cursos de estudio. Una vez concluido, si decide emigrar debería devolver ese préstamo. Pero además, otras propuestas agregan gravar los bienes en el país donde se radique, poner un impuesto a sus salarios que podría alcanzar cifras como el 15 por ciento. Obviamente, todos estos proyectos deberían contar con la aprobación del país que lo recibe.

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